He recorrido Madrid pero debo aclarar que aún mis pies no me han llevado a los maravillosos museos de los que me informe antes de subir al avión, tampoco he ido al Parque El Retiro o visitado alguna otra ciudad.
Durante mi corta estancia he conocido un Madrid diferente, de calles estrechas, direcciones extrañas y agencias de empleo.
He visitado el Madrid del migrante ilegal, que busca un trabajo, que palidece por el frío, que se angustia cuando ve a un uniformado en la calle, ante la posibilidad de una deportación, y se aloja en habitaciones sin calefacción acompañado por seis paisanos más.
Conocí el jueves pasado a Saraí -una señora hondureña del municipio de Intibuca mientras ambas tiritábamos en una fría banca de hierro y madera- en una acera que hace las veces de recepción de una agencia de empleo que dirige un señor al que todas llaman “el tío”, pero que se llama Félix y según me informan sus “representadas”, labora en horario normal como guarda de seguridad.
Esto último no lo pude confirmar debido a que si preguntaba mucho, me vería obligada a hacer mi perfil de empleada doméstica y tendría que pagar por sus servicios al tío.
Mi conocida hondureña, junto a otras tres que frotaban sus manos para ahuyentar el frío que provocaban los seis grados de temperatura y ráfagas de viento, proviene de una comunidad indígena a la que conocen como Lencas.
Poco habló la señora Saraí de sus orígenes, lo primero que salió de su boca fue la consulta de cuánto me cobraron por traerme desde Nicaragua, porque cada una de ellas- me comentó- pagó cuatro mil dólares para poder llegar aquí, donde tienen un mes de estar y sólo han trabajado por un par de semanas.
Cuando al fin abrió sus puertas la agencia de empleos casi a las seis de la tarde, me sorprendió que al levantarse la cortina de hierro que protegía el ventanal del local de “el tío”, lo único que anunciaba sus servicios era una hoja de papel blanco pegada sobre el vidrio y una vez dentro sólo había un escritorio, una computadora y muchos souvenirs de Perú.
Mis reservas sobre lo poco que se puede esperar de una agencia con esta pinta no prosperaron en las mujeres de todas las edades que se ordenaron para poder entrar al sitio, mientras otras recién llegadas preguntaban quién era la última de la cola.
Lo que puedo decir es que en menos de quince minutos, pasadas las seis de la tarde, la acera era una convención internacional con muchos acentos, que se alborotó cuando una, la primera hondureña atendida por el tío, abrió la puerta para solicitar cuatro euros más pues el servicio de la agencia debido a la crisis ya no cuesta seis, sino 10 euros.