Siempre me han gustado los cómics. De niña leía paquines viejos que habían dejado mis hermanos y hermanas mayores, pero creo que no me gustaría que esos súper héroes existieran en la vida real como nos los presentan en las caricaturas. Serían demasiado egocéntricos para mi gusto.
Aunque sigo siendo fanática del Hombre Araña, Hulk, Súper Chica y demás y reconozco que soy la culpable de esa afición que siente mi hijo de cuatro años por los súper héroes, me gusta descubrir a los heróes sin rostro, esas personas que realizan un trabajo constante, sin mucho salario, con muchas presiones, pero que se sienten satisfechas de hacer algo por otros y no son ovacionadas por lo mucho que hacen por nosotros sin que nos demos cuenta.
Esta semana descubrí a 24 heróes sin rostro. En realidad son más, pero estas 24 personas se exponen a diario al sol, a la lluvia, a los ladrones y sobre todo a las enfermedades. Son miembros del Departamento de Entomología del Silais y son la primera parte de toda una cadena que concluye en las acciones de fumigación y abatización para que no terminemos diezmados por la malaria o el dengue.
Sin duda ninguno de estos 24 heróes que conocí esta semana, que cargan en una pequeña pana con tapa el gallopinto que se almorzarán para seguir en su labor casa a casa, recibirá un reconocimiento nacional por su trabajo, como tampoco lo reciben las maestras rurales, unas verdaderas heroínas, que caminan varios kilómetros cargando su botella de agua para enseñar a niños en el campo, o la monja o el misionero que abandonan todo para ayudar a otros, mientras algunos “altos jerarcas” aquí se dedican a comilonas, grandes carros y congraciarse con el poder como verdaderos antiheróes, entre los que incluyo a los diputados y la mayoría de políticos.
Sirva, pues, este pequeño escrito para reconocer a los heróes sin rostro y decirles que ustedes representan altos valores morales y que si este mundo fuese como en los paquines, donde el bien siempre vence al mal, otro gallo nos cantaría, muchas gracias.