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Como abejas a la miel

María Haydée Brenes

Cuatro Caminos, una de las estaciones del metro de Madrid, y en especial su mercado, es el sitio de la añoranza para los inmigrantes.

Queso de Perú, chile y especias para el mole de México; la ansiada yuca, camote, plátanos y cocos de la comida caribeña; crema y queso como la que comemos los Centroamericanos, masa para hacer tortillas y pequeñas cafeterías donde se venden las comidas típicas y cervezas de Sur América y Cuba a precios accesibles, entre otras cosas, son el atractivo para que cada fin de semana este lugar se convierta en un avispero de latinos.

Las tiendas, locutorios -como le llaman aquí a los centros de llamadas-, casas de envío de remesas y paquetes, salones de belleza y otros negocios, que en el resto de la ciudad permanecen cerrados los domingos, aquí están abiertos hasta pasadas las ocho de la noche.

Y claro, no pueden faltar las tiendas de los chinos, que desde la puerta llaman a los transeúntes con lo que parece ser su pregón característico: “todo balato, balato, comple”. Y no mienten. Sus productos son baratos aunque no siempre son cosas que uno de verdad necesita, o son desechables como el paraguas que te venden a dos euros y que abrís al salir de la tienda para darte cuenta que la tela está podrida.

Como sea, me atrevería a decir que no hay latinoamericano en Madrid que no haya visitado alguna vez Cuatro Caminos en busca de un antojo culinario. Sin embargo esto también ha propiciado que dicha estación sea una verdadera trampa para quienes permanecen ilegales.

Los policías se ubican en la única salida al borde las escaleras eléctricas, que suben desde donde te deja el metro, para solicitar el DNI -que es como nuestra cédula-. Si no tenés, debés presentar el pasaporte con una visa vigente para permanecer en España.

Si estás legal pero no cargas con tus papeles, te trasladan a una celda hasta que alguien te lleve la documentación. Pero si no, sólo salís de ahí para otra celda, pues no te deportan de inmediato. Antes te mandan preso tres meses mientras se llena un avión para enviarte de regreso a tu país de origen. Esto pasa en la mayoría de los casos.

El año pasado para estos meses no era así. Hernando Callejas, un colega periodista del diario El Economista, me dijo que en los últimos cuatro años España recibió a unos cinco millones de inmigrantes, a los que les aceptaban pruebas de residencia tan poco fiables como un ticket viejo del metro, usado al menos tres años antes.

Pero ahora, en tiempos de recesión económica, la situación ha cambiado y sin duda lo primero que España quiere en medio de la crisis es sacudirse a la mayor cantidad posible de ilegales.

Organizaciones de inmigrantes le solicitaron al gobierno detener las deportaciones y eliminar las cuotas establecidas para la policía (un número fijo de deportaciones mensualmente). Supuestamente se acordó que únicamente se deportaría a aquellas personas que cometieran delitos, pero dije supuestamente, porque no es así.

El domingo me dirigí a Cuatro Caminos con unas amigas nicaragüenses, que tienen alrededor de dos años de vivir aquí y que no han tenido la “suerte” de que sus patrones españoles les arreglen los papeles porque así se garantizan que no los manden al carajo y se busquen un empleo mejor remunerado.

Abordamos el metro y casi a la par de nosotros subió un señor que por sus rasgos y forma de hablar parecía boliviano.

Cuando llegamos a nuestro destino iniciamos el ascenso de las escaleras eléctricas en las que me adelanté para comprar chicles en una máquina que se tarda más que un dependiente de tienda. Fue cuando vi a tres policías deteniendo inmigrantes.

Los conozco porque por mi color de piel y rasgos me detienen a cada rato y les tengo que enseñar el pasaporte para que me dejen ir. Caminé rápido hacia mis amigas que desembocaban en la escalera que subía y les dije: “policías”, ellas entendieron de inmediato y también el boliviano que cruzó detrás de ellas a las escaleras que bajaban, mientras una muchacha que tenían detenida lloraba frente a los uniformados y sacaba cosas de su bolso, en busca quizás de un DNI inexistente

Ya en el metro cuatro minutos de espera nos parecieron una eternidad, por el temor de que la policía nos hubiese visto el arrendón y se llevara a mis amigas. El señor de rasgos bolivianos no dejaba de agradecer a Dios en voz alta que no lo habían agarrado y en silencio creo que nosotras hicimos lo mismo.

Para mis amigas esta vetado Cuatro Caminos, así que mientras este aquí me convertiré en la suplidora de antojos, porque como la luz que mata a los insectos que se acercan a ellas, este lugar, su mercado, tiendas y comidas son ahora una ilusión que puede terminar extinguiendo la esperanza que brilla en los corazones de aquellos que cruzaron el mar, en busca de una vida mejor.


Comentarios - 3

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  • 1 | Pedro Machado - 06-05-2009 - 19:37:32h
    Que agradable volver a leer tus escritos, muchos éxitos en tu preparación.
  • 2 | Flor de María - 26-03-2009 - 16:55:58h
    Saludos María Haydée!
    Bonita narrativa, y cuidado con tanta miel... desde luego que la España que conocí ha cambiado muchísimo.
    Aquí, en la nicaraguita, seguimos guiñando el mecate.
    Suerte en tus estudios!
  • 3 | Andrea Margarita - 21-03-2009 - 19:36:25h
    Es importante el trabajo que haces revelando a los nicaraguenses què es ser ilegal en Europa. No siempre emigrar es la solucion. Te felicito sinceramente.
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