El 19

Desde mi ventana / Yader Luna García / sep 08 10:47:28

Normalmente, lo admito, no soy tan miedoso como mi mejor amigo. Él a veces me aturde con su pánico, pues siempre cree que lo van a asaltar en cualquier esquina.

 

Supongo que esto es parte de los traumas que quedan cuando te asaltan con arma en mano y ves tu vida en un par de segundos. Aunque prefiero creer que eso es una gran metáfora, porque no concibo una vida tan aburrida como para verla en tan poco tiempo.

 

Te debes de estar preguntando: ¿Y qué diablos querés decir? El asunto es el siguiente:

 

Hace unas semanas iba de lo más tranquilo viajando en bus por Carretera Sur con destino a una entrevista. Iba leyendo la novela de Truman Capote A sangre fría.

 

Entretenido en los pormenores de los asesinatos múltiples de los personajes, no me percataba de mis acompañantes de viaje. Pero un cambio de capítulo hizo que mirara al pasajero del lado.

 

Un hombre moreno claro, vestido de jeans negros y camisola era mi vecino de asiento. Cerré el libro por unos segundos y me puse a observar con disimulo la gran cantidad de tatuajes que “Johan” tenía en su cuerpo.

 

Supongo que ese es su nombre, porque lo lleva tatuado al lado inferior del ojo derecho. Cerca de ese tatuaje tiene un número 18. Mi vista automáticamente se dirigió al otro ojo, donde se observan tatuadas unas lágrimas.

 

En mi escaso conocimiento de pandillas, tengo entendido que esos son los tatuajes que identifican a la Mara Salvatrucha. Unas lágrimas que expresan su tristeza con el mundo y un número que indica la cantidad de personas a las que han matado.

 

Y si no es así, al menos este joven moreno corpulento tenía cara de pocos amigos. Así que imaginando lo peor, en un viaje que se me hacía eterno, de pronto hasta recordé que cuando estudiaba secundaria mi número de la lista era el 19.

 

Ya me imaginaba a “Johan” yendo a tatuarse el número 19 de su última víctima: ¿Yo?

 

Un par de segundos después observé un tatuaje del rostro de Jesús con su corona de espinas, ubicado en su brazo izquierdo. Me hizo pensar que a lo mejor ya era un marero redimido, de esos que hasta dan su testimonio en un salón evangélico.

 

Mi curiosa vista siguió observando el siguiente tatuaje, ubicado pocos centímetros más arriba. Tenía el mismo rostro de Jesús, pero esta vez sin su corona de espinas y de cuerpo entero. Un cuerpo exageradamente musculoso a primera vista.

 

Pero ya observando más la imagen me di cuenta de que ese Jesús tenía pechos de mujer, que se tapaba con sus manos, y vestía un diminuto calzón rojo.

 

De nuevo pensé que este hombre era un asesino sin escrúpulos como los de la novela que iba leyendo. Su famélica novia era de un blanco pálido que asustaba aún más.

 

Ya me sudaban las manos, iba atento a cualquier movimiento de este hombre con pinta de marero y la lectura del libro quedó en el olvido.

 

Un par de minutos después, al fin me tocaba bajarme del bus. Me sentí tranquilo de no ser el número 19 y evitarle a “Johan” el pequeño dolor de un nuevo tatuaje.

 

No creo que vaya a andar como mi amigo de miedoso; es más, sólo escribí esto porque me acordé. Nada más.