A mi madre, a quien le debo todo…
Recibir el Gran Premio Lorenzo Natali a nivel mundial y a nivel de América Latina constituye un gran honor y una gran responsabilidad. Sirvan estas palabras como un agradecimiento.
Llegué hace más de un año a La Brújula Semanal. Siempre he creído que el buen periodismo es una herramienta para impulsar cambios y mi llegada accidental (así lo fue) a este semanario fue lo mejor que me pudo pasar. Desde el principio me sentí con total libertad para escribir historias e inicié uno de los episodios más apasionantes de mi vida.
He tenido la oportunidad de afirmarme en lo que quiero seguir siendo, periodista. Y mi agradecimiento a Arturo Wallace por haberme permitido subir al barco de La Brújula es inmenso.
Así como este premio es de las mujeres de Bocana de Paiwas quienes han luchado hasta el cansancio por cambiar la realidad que les tocó vivir. A Jamileth Chavarría (La Bruja Mensajera), doña Celia Contreras y cada una de las mujeres que han denunciado a los hombres golpeadores de mujeres.
Pero quiero agradecer también a dos periodistas y amigos del alma que han marcado mi vida indiscutiblemente. Matilde Córdoba y Carlos Salinas. Quienes entre palabras cariñosas (jamás complacientes) y regaños fuertes me han acompañado en mi profesión. Me han hecho enamorarme más del periodismo. Me han enseñado mucho. Este premio es tan mío como de ellos.
A Juan Carlos Ampié, quien no dudo en ayudarme en la travesía del concurso. A Claudia Neira y don Melvin Wallace, compañeros incansables de este proyecto.
Quiero agradecer a Edwin Moreira, que con su trabajo me ha apoyado incansablemente. A Brenda Martínez, Julio Molina, Silvio Sirias y Lonnie Ruíz quienes me apoyaron de alguna manera en la elaboración de los reportajes de Palabra de Mujer. A Velia Agurcia, quien me dio la chispa para escribir sobre “la brujita”.
Dentro del trabajo del periodismo nacional muchas veces nos vemos alarmante atrapados en un fuego cruzado de disputas políticas e ideológicas. Este oficio, es a menudo, reducido a un arma a favor de odios, rencores y resentimientos personales o de grupo. Pero más allá de eso hay muchas historias increíbles. De dolor, pero también de cambios.
Muchos me han preguntando por qué fuiste el ganador. Yo me lo pregunté también. Y mi respuesta ha sido siempre la misma: por qué el dolor y muerte en el mundo abunda. Pero la gente que lucha por revertir esa realidad es la que tiene realmente mérito.
Y este premio es para Nicaragua también. Porque el mundo ha puesto su mira en nosotros y hemos dejado de ser un país- al menos esta vez- que se vende solamente del sufrimiento, tragedia, muerte y corrupción. También se reconoce que hay gente luchadora y trabajadora. Como dije en mi discurso en Bruselas: ¡Viva Nicaragua!
Los reportajes ganadores son también un triunfo del Fondo de Apoyo al Periodismo, promovido por el programa Vida en Democracia, que financió mi viaje. Pero también de la Fundación Heinrich Boll, que apoyó financieramente el primer reportaje que me hizo enamorarme del proyecto de La Bruja Mensajera y del trabajo de la radio Palabra de Mujer. A ellos, que han creído en un periodismo comprometido con la sociedad.
Y que creen y apoyan a La Brújula mi agradecimiento.
A todos los compañeros de trabajo de La Brújula Semanal, que han sido protagonistas en esta aventura.
Oriana Fallaci, la famosa periodista italiana, dijo una vez: “Yo no me siento, ni lograré sentirme jamás-dice en el prólogo de uno de sus libros- un frío registrador de lo que escucho y veo. Sobre toda experiencia profesional dejo jirones del alma, participo con aquel a quien escucho y veo como si la cosa me afectase personalmente o hubiese de tomar posición (y, en efecto la tomo, siempre, con base en una precisa selección moral), y ante los personajes no me comporto con el desasimiento del anatomista o del cronista imperturbable”.
Haciendo ese periodismo, uno como que se siente más útil. Un periodismo que lo hago con amor y un profundo respeto. A todos los que han luchado por defender la libertad, también les pertenece este premio.
Y por último, y no por eso los menos importantes, mi gratitud a David, Julie, Arlen, Martha. Mi hermano Carlos Eduardo. Muchos nombres se me quedan, pero ellos saben que en mi corazón siempre estarán.