A quién lo inspiro,
No estaba seguro sobre si contarles lo que contaré en mi próximo escrito o algo más y una plática nocturna lo definió todo. Y decidí escribir sobre lo que no esperaba, pero me sonaba más real, más tangible: el dolor y el amor.
Nada en particular de ello, solamente divagaciones mías. Y la gran pregunta que me hice es, entonces, ¿existe el amor?
En tiempos de tanto odio y dolor resulta que difícil creer en el amor y parece que solo para una minoría el gran desafío actual es dar mayor importancia al afecto y a la sensibilidad.
Hay que buscar en nosotros y recurrir a lo que nos hace humanos. ¡Al corazón, al corazón!-parecen gritar voces desde el desierto. En él está nuestra capacidad de sentir, de transmitir emociones, afectos. Claro que sin dejar de un lado la razón que es la base racional de nuestras acciones.
Pero ante tanta falta de sensibilidad ante el dolor ajeno, es importante recalcarse que somos humanos. Y sentir es natural aunque duela.
Para mí, que procuro leer mensajes en algunas cosas, nada es casualidad. Estoy aquí escribiendo sobre el amor que es necesario para nosotros mismos, para los que nos rodean, pero sobre todo al lugar donde vivimos. La Tierra es celebrada esta semana, aunque desde hace mucho resiente tanta contaminación.
Esta semana conocí a una joven sordomuda que seguramente quisiera poder gritar y decirles muchas cosas a aquellos desperanzados, a quienes destruyen la vida de los demás pensando en ellos mismos, a los que no creen en el amor. Más allá de sentimientos banales, de bienes materiales, de satisfacciones baratas y burdas. Él de ella sí es una limitante, más no una excusa para no hacer nada.
Su mirada parece decirme que: “aunque caigan las hojas de los arboles, aunque parezca acabar el viento, aunque dude del amor, hay esperanza y siempre se termina encontrando lo que uno espera... que llegará en su momento”.
Normalmente un texto tan personal, tan mío, nunca sale a la luz de otros ojos que no sean los míos. Pero hoy todo es distinto.
Hace un poco más de un año alguien pareció decidir por mí que no tenía derecho a escribir más, creí que todo se había derrumbado, que no había más para mí. Hoy con un buen trecho de camino recorrido puedo asegurar que quienes lo pensaron se habían equivocado, que hay gente que me quiere, que me aprecia y acepta tal cual soy.
Que las cosas y piezas se van encajando en el rompecabezas de la vida de manera desordenada, pero se van poniendo donde deben estar. Pero ante todo que no solo tenemos que ver pasar ante nuestros ojos el juego de nuestra vida, sino ser parte importante en los movimientos que ella tome.
Sin miedo hoy puedo gritar a través de palabras y decir que he logrado mucho, sufrido otro poco, que aún me falta mucho más, pero que no me arrepiento de nada de lo que me ha pasado. De todo he sacado lecciones y me han hecho más humano.
Estoy dispuesto a ser más humano… y espero que vos también. Al menos sé que contestar en mi caso cuando vuelva a escuchar la canción Quiero cantarte un beso de Silvio Rodríguez:
“La esfera agonizando/ todos los días explota/ y nadie está mirando que está rota/35 mil niños mataron ese día/ la tele no hizo un guiño todavía/Y vuelve la necesidad/de repasarme donde estoy/si existe o no la humanidad/y si se ha visto hoy…”