A Carlos Eduardo, mi hermano
Una leve sonrisa se dibuja en su rostro. Un halo de maldad se puede percibir en su mirada. Nunca lo he visto en mi vida, hasta ahora que lo veo a través de una fotografía.
Pero mi hermano sí lo vio a escasos centímetros de su cara. Apuntándolo con una pistola plateada para robarle su celular. Una imagen común tal vez para muchos, pero para un adolescente de 13 años no lo es.
Y es que hay asaltos de asaltos. Pero apuntarle con una pistola a un niñito me parece un doble crimen. Eran las doce del mediodía, mi hermano recién llegaba de clases y en la calle un delincuente-quizás unos cinco años mayor que él-se acercó a pedirle su teléfono.
Un par de segundos después una moto se acerca y el delincuente se sube para irse con su mirada de maldad que aún se percibe en la foto que nos enseña la Policía en esta tarde de marzo.
Pero no una, sino al menos tres fotografías son las que encontramos del delincuente en el archivo policial. Con distinta ropa, pero con la misma mirada maliciosa. Pero es en esta última foto es la que se mira esa sonrisa que lo convierte en un delincuente de los que dan temor. De esos que se miran en las películas y no; no es broma. Es como si hubiese pasado horas practicando frente al espejo para tener la mirada más terrible.
Que te roben un teléfono que compraste con todos tus ahorros y que lo hagan apuntando en la frente con un arma no es un juego. No es una aventura de la que presumir a tus amigos, aunque seas adolescente (como mi hermano).
Lo grave ese hallazgo es que el ladronzuelo parece ser un asiduo visitante de la cárcel de Carazo. Es decir, aunque mi hermano sepa quién es su asaltante y quizás la Policía sepa dónde vive, siempre sale libre. Y por un simple teléfono es mejor olvidar su rostro con la sonrisa y su mirada maliciosa. Al menos para la justicia.