Hace un par de días viajaba con una joven en el microbús con destino a mi casa. En ese momento era una desconocida más; sin embargo un cruce de palabras sobre el horario nocturno de los buses y mi ayuda para cerrarle la ventana fue suficiente para conversar durante todo el recorrido.
Lo que iba a ser un viaje aburrido y solitario, se fue convirtiendo en una plática interesante. Descubrí que ella es la esposa de un ex compañero de clases de secundaria.
Y así ya en confianza la joven de 19 años me fue contando retazos de su vida. Pero lo que más me llamó la atención fueron las historias sobre su trabajo. Ahí empecé a interrogarla. Ya no era la simple compañera de recorrido, sino un personaje con una historia que contar.
Esta joven delgada de voz ronca trabaja en una reconocida tienda por departamentos. Empezó a narrarme que solamente tiene 15 minutos para almorzar y aunque permanece todo el día de pie debe permanecer sonriente obligatoriamente con los clientes.
Me contó, además, que por estar desprevenida y sin hacer mucho que digamos su jefa inmediata la transfirió a una bodega por tiempo indeterminado. Lo que afectará indiscutiblemente su bolsillo, pues no tendrá ganancias por comisiones.
Incluso me dijo que en sus apenas seis meses de laborar en ese lugar ha visto desfilar a una buena cantidad de ladronzuelos disfrazados de clientes. Eso fue lo que más me llamó la atención.
Muchos clientes y uno que otro trabajador de la misma tienda que se quieren robar algún producto de la tienda dolarizada tapizan las paredes del pequeño comedor de los trabajadores.
“Los detienen, les toman una foto y nos las ponen en el lugar donde almorzamos para que grabemos sus rostros y estemos alertas por si deciden regresar”, confesó.
Conocí de estrategias de los ladrones, de trucos para seguir a un delincuente y hasta de las revisiones a los mismos trabajadores.
Y así pasó la hora del viaje. Era hora de bajarse del bus, despedirse de la muchacha que emocionada continuaba narrando las historias de los ladronzuelos.
Caminando a mi casa recordé la historia de otra amiga que trabaja en una librería y que al revisar la cámara de seguridad del local pudo enterarse que el libro que le faltaba (valorado en unos 200 córdobas) había sido llevado por un ex candidato presidencial. Ahora que lo pienso ¡qué bueno que no ganó la elección! Aunque después de haber sido acusado de plagiario en la campaña, la historia de mi amiga no me sorprendió en nada.
Sin duda, estos no son ladrones comunes. Son ladrones con caché.