Estimado señor asaltante.
No sé tú nombre y por eso te llamo por tu oficio. El motivo de mi carta es para saludarte y contarte algo. Helo aquí:
Una vez escribí que mi mejor amigo es miedoso. Talvez lo leíste. Desde esa vez, no ha cambiado nada. Que lo contara en público no produjo transformación alguna. Solo que ahora es más consciente en saber que su miedo es, a veces, injustificado.
El otro día me hizo correr a buscar refugio porque un par de muchachos nos “querían asaltar”. Mi amigo había visto un cuchillo. Sin tiempo para pensar en la veracidad de lo que sus ojos observaron, corrimos espantados a una pulpería para protegernos de los posibles ladrones.
Confieso que dudé un poco de que los muchachos fueran ladrones, pues no miré una actitud sospechosa de su parte. Pero también podía ser que estaba de “confiado” como me dice él siempre.
Y también confieso que mi primer impulso, luego de escuchar la palabra cuchillo salir de la boca de mi amigo, fue acelerar el paso y no buscar ayuda. Una actitud, errónea a todas luces. Talvez señor ladrón si hubieras estado allí, me hubieras asaltado de verdad.
En la pulpería, ubicada en Bello Horizonte, nos amparamos. El dueño salió a asomarse y verles la cara a los asaltantes. Soltó tremenda carcajada al comprobar que los asaltantes eran dos muchachos del barrio.
-Pero si es Julio y Roberto- dijo riéndose.
En ese momento sentí mi cara roja a reventar y lo primero que hice fue regañar a mi amigo. “Vos y tu maldito miedo”, recuerdo haberle dicho. Ambos nos reímos con cierta vergüenza.
Nada podía hacerme sentir más apenado en ese momento. Pero sí; hubo algo peor. El error no fue un secreto entre las pocas personas presentes en la pulpería.
-Los confundieron con ladrones- salió y gritó el dueño de la venta a los jóvenes.
Efectivamente, eso hizo que me pusiera más rojo. Salimos de la pulpería con la seguridad que no habían ningunos asaltantes y que el cuchillo fue producto de la imaginación de mi amigo. Yo con la cabeza gacha y mi amigo con una sonrisa descarada todavía les dijo adiós a los muchachos.
Te cuento también que hace unas semanas llegué a mi casa y me encontré con la sorpresa de que un desconocido había pasado tomando fotos de mi residencia desde un carro aproximadamente a las ocho de la noche. Un vecino apuntó la placa porque el tipo le pareció sospechoso.
Mis padres pusieron la denuncia a la Policía, pero seguimos esperando respuesta. Aún esperamos conocer si se trataba de un ladrón o de un turista nocturno. ¿Eras vos señor ladrón? No lo sé. Pero hasta ahora no te he visto la cara, no se tu nombre, ni tu residencia. Espero que eso siga así, por el bien de nuestra relación.
No tengo más nada que decir y me despido con un furtivo saludo.
Posdata: Tengo que darte las gracias porque la vez que robaste mi celular, lo sacaste del bolsillo sin molestarme siquiera. Muy considerado de tú parte.