Para Arlen, por el apoyo a ultranza
26 de enero. La hora es lo de menos. Pero si te interesa, calculo que serían las cuatro y media de la tarde. Ni mucho sol, ni tanto calor. Era una tarde perfecta. Año: 2009.
Trabajaba para La Prensa y de última hora tenía que seguirle la pista, en todas sus visitas vespertinas, a los delegados de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) que estaban en el país para evaluar la situación de la libertad de expresión.
Visitas que, me advirtieron, eran a puertas cerradas. Así que tocaba esperar para poder hacer un par de entrevistas. La primera parada sería en la casa del poeta Ernesto Cardenal.
Sin embargo, el vetusto poeta nos dejó entrar a su casa y ahí estábamos la fotógrafa y yo escuchando todo lo que él tenía que decirles.
Me escapé un par de veces a abrir la puerta a amigos periodistas de agencias extranjeras que también querían entrar. Todos sentados en círculo escuchábamos atentos al poeta.
De vez en cuando, los periodistas cruzamos miradas de complicidad y de sorpresa ante las palabras de Cardenal.
Habló de un presidente megalómano, brujas, enfermedades terminales, sacerdotes con hijos, chantajes y de muchas otras cosas. Daba la impresión de no estar en una reunión formal, sino en una tertulia con el poeta.
Estaba en un conflicto personal porque lo que dijo el bardo a sus invitados era una mezcla de verdades y cuentos que le he escuchado a cualquier taxista.
Pero lo dijo Ernesto Cardenal- me decía un periodista.
Ya tendría tiempo para pensar en eso. Mientras, nos tocó darles ride a los dos delegados de la SIP, que habían quedado abandonados a la salida de la casa del poeta.
Uno era el presidente de la SIP y director del diario El Tiempo de Colombia, Enrique Santos Calderón y el otro era Robert Rivard, director del San Antonio Express News de Estados Unidos.
-Vamos al mismo lugar-les dije.
-¿Y adonde vamos?- contestó uno.
-Van a reunirse con los empresarios del Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep)- les contesté a ambos.
Ya a esa hora sabía todo su itinerario. Le indiqué al conductor que íbamos a Las Colinas a reunirnos con el presidente del Cosep, José Adán Aguerri.
La hoja solo decía una dirección y un nombre. Mis fuentes eran políticos, no empresarios. Así que esperaba llegar sin demora a la reunión de mis acompañantes.
Un pitazo del carro y un guardia de “seguridad” nos abrió el portón sin preguntarnos nada. Entramos a la casa y la puerta estaba abierta. Adentro un muchacho joven de unos 22 años estaba entretenido con su computadora.
Más que entretenido, estaba ido. Saludábamos y nadie nos atendía, por lo que decidimos entrar poco a poco a la sala.
Los dos señores estaban a punto de sentarse en los sillones a esperar, a pedir un café, mientras yo buscaba a los anfitriones. Hasta que apareció una mujer con cara sorprendida de ver a varios desconocidos.
Por un error de ubicación, el conductor se había confundido de casa. La señora con una sonrisa dijo que siempre se confunde porque su casa tiene el mismo número que las oficinas del los empresarios.
Nos despedimos avergonzados y lo primero que comenté al subir al vehículo fue que el guardia sería despedido. Pudimos ser unos ladrones, asesinos o secuestradores. Pero no he tenido tiempo de averiguarlo. Por ahora.