“Te pido que no me mastiques de ese lado”, le dijo pacientemente una madre a su hijo adolescente luego que éste visitara al dentista. Por supuesto que no lo haré, le respondió todavía adolorido. Y así fue: no “le” masticó de ese lado.
A mi amiga que me acompañaba no le pareció alarmante ni aterrador que la señora le pidiera a su hijo que no le masticara de un lado, como tampoco a mí me pasó por la cabeza que la señora confundiera a su hijo con un antropófago. Supuse que ella sabía que su hijo no era un caníbal que andaba por ahí masticando humanos. Al menos no vi que anduviese con una camisa de fuerza.
Aunque no suelo utilizar ese tipo de expresiones, su uso es bastante común en algunas personas. “No me hagas, no me manejes, no me bebas...” suelen ser algunas de las frases que muchos repiten.
Efectivamente, la señora le pudo haber dicho a su hijo “no mastiques de ese lado”, pero al agregarle el “me” le estaba indicando que lo hiciera por su bien. Es decir, era una forma maternal de decírselo. Un poco autoritario, talvez.
Hace ya un par de años, en una calurosa noche de tragos, recuerdo haber conocido a un joven insoportable. Era de esos seres entrometidos que se acercan a la mesa sin invitación previa.
Luego de presentarse con todos mis amigos, el sujeto se empezó a referir a todas las ciudades que conocía. Desde Berlín, Jalisco, Madrid hasta La Habana.
Sin que nadie le preguntara empezó a enumerar su viaje por Estados Unidos. “Te conozco Miami, te conozco Chicago, te conozco San Francisco, te conozco Nueva York”. Nos conocía una buena cantidad de ciudades, sin nosotros haberle pedido que lo hiciera.
Hasta puede que sea un buen tipo —me dije a mí mismo. Pues me hizo el favor de conocerme muchas ciudades y así ahorrarme el viaje.
Con una sonrisa y con cierta sorna le pregunté:
—¿Y me conoces Managua?
—Te lo conozco bastante bien —me respondió. Y siguió con su perorata...
Lo malo de ese uso de pronombres es que no siempre el contexto puede ayudar al de la voz, ni al que lo escucha.
Por ejemplo si un policía le dice a un oficial nuevo durante la captura de varios delincuentes “golpéame en la cabeza”, en obvia referencia a que el puñetazo debe recibirlo cualquiera de los ladrones para neutralizarlos. En cambio, con los nervios de su primera misión y un tanto atarantado por los golpes recibidos, el obediente oficial bien puede dejar en el piso, noqueado, a su jefe.