Don Arturo es un señor inmenso que ha perdido la voz porque se pasó los últimos 50 años de su vida fumando como condenado. Cuando voy a mi tierra nos comunicamos por señas, pero antes, hace ya casi 20 años, nos peleábamos a gritos.
Más bien yo me peleaba con él porque para mí él era un "contrarrevolucionario" y en el colegio y en mi casa me enseñaban que ellos, quienes no eran sandinista, eran malos, aunque en realidad nunca nos hizo ninguna maldad. Era, en definiva, un buen vecino.
Este señor vivía frente a mi casa y yo digo que me tenía -y aún me tiene- cariño, pero, como les dije antes, a mis escasos ocho años, lo miraba con recelo. No me daba buena espina, a pesar que nos dio albergue en su casa cuando el huracán Juana en 1988.
Mis peleas con don Arturo eran porque en cuanto me miraba comenzaba a torearme: "Vamos a comer gallo porroco", decía en alusión a la campaña para las elecciones de 1990 que el FSLN perdió en donde Daniel Ortega era el "Gallo Ennavajado".
Entrenado en todo el sentido para ser un sandinista, yo le enrostraba a don Arturo, que ellos, la UNO -él era candidato a concejal y posteriormente alcalde de mi pueblo- no ganarían porque sólo con los militares (120 mil hombres) y los cachorros, más los reservistas y sus familiares, nosotros ganábamos los comicios. Por lo menos eso era lo que yo escuchaba decir a mi familia.
Recordando a don Arturo estos días porque me han dicho que está muy enfermo, se me vino a la mente una estrofa de aquella canción: "Se fueron esos tiempones que los viejos barrigones engañaban a mi pueblo robando las elecciones".
Y me pregunto si esos tiempones, como dice la canción, a caso no han regresado.
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