He venido postergando la publicación de este post porque el original estaba muy melancólico y yo me las lanzo del duro.
Ha sido Arturo que en la sección de Correcciones y Aclaraciones de la edición impresa ha anunciado mi salida de La Brújula, el que me obliga a publicar esto, que me permite sin embargo, aclararle a todos y en público por qué mi ausencia en las últimas tres semanas.
Más que dejar a La Brújula me mantendré en la distancia. Y digo mantendré a la distancia porque La Brújula es, como dice un tío, como esas mujeres (aquí se me sale al machista que llevo dentro) de cuerpo espectacular y cara bonita que lo han tratado muy bien a uno y por tanto difíciles de olvidar.
He iniciado con el mismo entusiasmo en otro proyecto como cuando en septiembre de 2008 comenzamos con Arturo y Edwin Moreira (el diseñador) a reunirnos y a “`producir” las primeras ediciones de La Brújula, para el seis de noviembre de ese mismo año salir a la calle por primera vez.
Nunca me he ido de un lugar –Y yo me he ido de muchos- con tanta cabanga. Siento que me voy en el mejor momento del semanario, cuando ya La Brújula tiene un nombre, pero ha sido una decisión bien pensada y discutida con Arturo.
La Brújula fue una gran escuela como lo fue aquél trabajo de medio tiempo en la UCA con Arturo de jefe, para hacer investigaciones sobre los medios. Como lo fue mi paso por El Nuevo Diario con el doctor Aguirre poniéndome en mi lugar, por La Prensa y por Probidad con Jaime López, despertando aquél gusanito por la tecnología: “Un periodista tiene que usar las tecnologías para hacer su trabajo”, me decía aquél salvadoreño.
¿Qué puedo decir de La Brújula? Hablar de La Brújula es como cuando uno habla de su madre: es incapaz de decir algo malo pues aunque quizás tenga defectos como todos, el amor que uno les tiene hace que no se lo miremos.
La Brújula es uno de esos lugares donde uno puede decir lo que piensa aunque el jefe no esté de acuerdo, donde uno puede tomar decisiones editoriales y luego defenderlas con criterios periodísticos y no por eso te consideran un peligro en la redacción. Y mis amigos periodistas saben lo que eso significa. Por eso respeto tanto a Arturo y a Juan Carlos.
Fue un año bien productivo. De momentos inolvidables como cuando a las once de la noche sin nada con qué ilustrar portada yo insistía en poner a una voluptuosa colombiana de pecho a estallar y trasero parado que hacía que Arturo no durmiera bien en un hotel de Tegucigalpa y que Juan Carlos no se concentrara en sus labores de producción en Esta Semana, cuando a Edwin se le ocurrió una genialidad.
La Brújula, es principalmente un periódico para jóvenes. A pesar de mi decisión de poner una foto de esa en portada, nos preocupaba cómo lo iban a tomar en las universidades y que lo ocuparan como pretextos para impedirnos distribuir el periódico.
Pero en mis adentros pensaba que si el Instituto de Cultura había colaborado en el evento que trajo a las bailarinas colombianas, ¿por qué no publicar la imagen de una de ellas en portada?
Hay tantas anécdotas más, pero ya me estoy excediendo demasiado y una vez la emprendí contra quienes escriben muy largo. En fin gracias, Arturo, don Melvin, Edwin (el más fino de los diseñadores que yo he conocido), Juan Carlos, Claudia, Ivonne y cómo olvidar aquí al poeta Castro que con tanto empeño hace legible los textos... ¡Salud¡