
Carmela, zapatos rojos y paraguas en mano, se arregla el pelo. Se revisa el maquillaje. Todo está en orden: Ni un brochazo menos. Ni uno más.
12.15
El tranvía se anuncia Drrrriiiiiing mientras dibuja un arco sobre la Place Neuve como los toboganes de las ferias. ¿Te acordas? Con Juan y la Pía. Sííí,¿cómo no?, aquel verano. Los geranios explotando.
Ay Carmela… (se da tres palmaditas en la cabeza sin que el peinado peligre) concentrate. Tranquila. Ahí viene. Ahora sí. Tu mejor sonrisa. Nunca se sabe.
(El tranvía abre sus puertas con ademán de cansancio y lanza sus viajeros al contorno de la calle)
Carmela se pavonea primero, luego ve al piso como si buscara hormigas. No sabe si jugar con el azar o hacerse la ingenua; como quien no quiere la cosa. Tal vez hoy, por qué no, es su día de suerte.
Nunca se sabe.
Tal vez hoy, a la salida del tranvía que llega del Pont d’Arve, voltee el tipo con sombrero y bufanda que le auguró el horóscopo esta mañana.