16:09
08
jun

Náufragos

Gloria Carrión

Fuente: Alberdi 2009

 

Las letras en la pared aniquilaron cualquier duda: estaba dentro de la boca del dragón. “Buenas tardes,” dijo una voz en inglés con acento italiano. Omar, el dueño de la voz, me tendió sonriente el mapa del edificio. “Sobre todo,” recomendó el siciliano, “no deje de montar la escalinata que tiene detrás.”

 

Lo de visitar la sede de la Organización Mundial del Comercio me asaltó de repente. Había abierto una puerta de madera maciza sin perder de vista los restos de un círculo con las siglas OMC en el medio y una raya de extremo a extremo que alguien intentó borrar, sin éxito, de la entrada principal. De golpe, las arterias de la ciudad palpitaron con ríos de gente alzando pancartas y mensajes enfurecidos igual al de la entrada. Esas calles no eran ya de Ginebra sino de Seattle, de Cancún.

 

Comenzó a llover. Los pasos de unos hombres vestidos de negro ahogaron las consignas de Seattle. Volteé entonces hacia las ventanas del fondo: el lago Léman parecía contemplarse en silencio. La sugerencia del italiano había mordido mi curiosidad así que decidí atacar la escalinata que se desparramaba suntuosa en el salón. Al alcanzar el rellano, me sorprendió un mural. Los pedazos de pared descascarándose alrededor sugerían que había sido develado recientemente. Las palabras de un viejo amigo arquitecto retumbaron en mis oídos: << en el circuito sellado de cuatro paredes yace siempre hundido un secreto.>> Recorrí el mural. En el fondo se abría un cielo lleno de nubes. Hombres y mujeres (algunos de pie y otros sentados) escuchaban atentamente a un hombre vestido de blanco. Una placa indicaba el título: La Dignidad del Trabajo, por Maurice Denis, 1931.

 

“La dignidad del trabajo,” dije en voz alta, y esas palabras me aterrizaron en Managua. Era mediodía. El sol estaba a punto de deshidratarme la última molécula cuando decidí estacionar en plena Avenida Bolivar. Hacía meses que estaban anclados frente a la Asamblea Nacional un grupo de náufragos. Fueron llegando de a poco hasta colonizar el predio vacío con bolsas de plástico negras y bejucos. Las bolsas les servían de techo y los bejucos de pilares. En el piso de tierra de una de las chozas una mujer calmaba con un palo los ímpetus del agua hirviendo que querían a toda costa salirse de la olla. Un hombre petiso y muy delgado que respondía al nombre de José me dio la bienvenida.

 

Le comenté que me interesaba mucho saber el por qué de su plantón. Entonces, José habló de Dole, una empresa multinacional gringa, y las plantaciones de banano en Occidente, en Chinandega. Me contó del Nemagón, un pesticida prohibido en Estados Unidos que los trabajadores aplicaban en las plantaciones de banano para matar a un gusano. Una noche al final de la jornada, José notó una mancha blanca en su frente. Con el tiempo, la mancha fue decolorándole la cara. 

 

José me invitó a visitar el campamento. Unos niños se turnaban para empujar el esqueleto metálico de una llanta. Llegamos donde descansaban los más enfermos. Un hombre de unos 60 años se quejaba meciendo de un lado a otro su cabeza. Dos mujeres con los rostros deformados agitaron sus manos, saludando. José me comentó los detalles de una demanda y la esperanza de un juicio. Me habló también de los gritos que en vano habían apuntado por meses hacia el otro lado de la avenida. Por desgracia, éstos terminaron deshilachados entre los barrotes del muro de la Asamblea Nacional.

 

Los niños habían cambiado de juego. Los más pequeños se tenían de las manos mientras, en el centro, el mayor fingía que se enterraba una daga en el estómago igual a Lee Kyung Hae, un campesino coreano endeudado, que decidió inmolarse en una calle de Cancún justo frente al edificio donde la OMC deliberaba sobre el futuro de otros Lee Kyung Hae.

 

Volví a leer el título del mural como para asegurarme que no era la sobra de un delirio. El murmullo me devolvió irremediablemente al contorno de esas paredes. Subí las gradas que restaban con el recuerdo de bolsas plásticas colmándome los ojos. De pronto, el negro de las bolsas se fundió con el de los trajes de hombres y mujeres que rechinaban sus copas de vino blanco o tinto, según el gusto, y conversaban entre sí. Cada tanto, uno que otro se abalanzaba sobre los quesos.

 

Me abrí paso en ese mar oscuro. Tres hombres empinaban sus copas vociferando pasajes de un discurso que alguien acababa de pronunciar. Detrás del tumulto, se abrió un escampado y otro mural apareció en azulejos: en una barca puntiaguda unos marineros remaban agitados contra corriente. Las bolsas de plástico negro ya no me soltaron, las traía ahora tatuadas. Volvieron a rechinar las copas. No pude ver hacia el jolgorio. Preferí la ventana. Las olas del Léman se arqueaban en la tormenta. Quizá, al día siguiente, me toparía con la noticia de otros náufragos. 

 




Comentarios - 4

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  • 1 | Marta - 04-10-2009 - 13:31:57h
    las transiciones entre las imágenes son provocadoras aunque sutiles (los festejadores vestidos de traje-bolsa de plastico negra) parecería que existe un nexo de unión entre ambos, aunque solo se me ocurre la misera: que unos viven y que otros generan.

  • 2 | gaston - 24-07-2009 - 09:40:42h
    Oye hombre para cuando el próximo??
  • 3 | Yálani - 13-06-2009 - 13:50:44h
    El mundo de la miseria (o la miseria del mundo) y el mundo del jolgorio de los poderosos . Irreconciliables. Sentí impotencia y frustración en los ojos que prefieren la ventana. También he buscado yo una ventana para escapar de eso. Vi el Léman tormentoso. Y me quedó esa sensación, como de rabia tormentosa.
  • 4 | oscar - 12-06-2009 - 03:14:16h
    me encantó, me gusta la mixidad de tus relatos, es tu punto fuerte.
    segundo punto fuerte, el rol del observador, que pinta frescos sin juzgar, sacando recuerdos fuertes en color emocional y los despliega delante del lector inadvertido, que no sabe cuando la cosa comienza ni cuando termina.
    buen timing, algo me recuerda Cortázar, no sé todavía qué.
    gracias por compartir
    beso
    o
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