Marcos, ése era su nombre. Me lo dijo, quedito, la tarde que pasé por ahí. La plaza (que antes había sido fuente y antes de fuente, plaza) estaba casi desierta. Muy cerca de nosotros, dos niños enhebraban hojas de palma que minutos después se convertían en pájaros y grillos.
- Yo conozco toda la historia de este lugar, aseguró, hurgándose la nariz, esa catedral, por ejemplo, la construyeron los españoles y se desbarató con los dos terremotos. Y allá, donde esa muchacha se está tomando una foto, queda el Palacio Nacional. En el tiempo de Somoza, el Comandante Cero se tomó el Palacio.
Dio un salto para levantarse de la cuneta donde nos sentamos; corrió hacia una esquina de la plaza. Regresó sonriente, oliendo el interior de un vaso de gerber que ahora contenía una masa pegajosa color ámbar.
Lo invité a caminar. Los dos niños nos seguían. En la glorieta del parque, unas colegialas bromeaban entre ellas. Marcos apuntó con su índice hacia el borde del techo de la glorieta.
- Ese es Andrés Castro, el que tiró la piedra a los Finibusteros, a los invasores.
Asentí y me agradó ese destierro de la 'L'. Marcos destapó el vaso de gerber y acometió:
- Esa cámara que andás, ¿graba?
La tarde empezó a desangrarse. Marcos miraba la filmadora en mi mano derecha. En la pantalla, una lucecita roja indicaba que sí, que grababa.
- Quiero contarte que veo colores, gente bailando. Mucho se ríen. Después, me gritan y a veces no les entiendo nada. De todo he probado yo. Me gusta la calle, sabes, porque me siento libre.

Foto: Celia Hippie/Flickr/CC.