
Sus manos abrieron las puertas del metro con aplomo. Cruzó el umbral y se sentó en el único lugar disponible. Tendría a lo sumo unos treinta y tres años. Llevaba la melena suelta y voluptuosa en un estilo que algo tenía de anticuado. Noté entonces la Minolta que llevaba con soberbia colgada al cuello. Su figura, delgada como un fósforo, parecía irse de bruces por el peso de la cámara. El metro zarpó y la estación con su luz fluorescente dio paso a una sucesión descontrolada de tuberías, cemento y oscuridad.
La comisura de sus labios se entreabrió. Sus dedos tantearon, sin ver, el lente y lo dirigieron amenazante a la masa de gente que colgaba de los tubos metálicos del metro. Su índice disparó y click. Un señor regordete y camisa de cuadros quedó congelado con el sueño de su resaca. Otro disparo y la nostalgia de una chica de morado se imprimió en el lente. Después, le tocó el turno a una madre de hombros caídos y a un niño que hurgaba su nariz como si se tratara de un cofre.
Apuntaba a diestra y siniestra con desesperación. Era como si aquella cámara fuese su tabla de salvación. Como si la foto misma representara el arma perfecta para aniquilar lo efímero, lo que ya no será más, lo que se nos desliza constantemente por las manos. Una incisión al presente. Eso era. Esa mujer hería con su lente al presente para eternizarlo. De esa manera, neutralizaba la ansiedad y el miedo al vaivén constante que supone vivir.
Entonces me vio, por primera vez. Sus ojos se agrandaron como el diafragma de su lente. El índice se puso en guardia. Me apuntó. Yo le clavé mi mirada y empezamos una danza, un duelo. El lente dibujaba una línea recta hacia mi rostro. Nuestros cuerpos se tambaleaban con el movimiento subterráneo de aquel metro. Pero, en lugar de disparar sin clemencia, su dedo apretaba apenas el botón para luego desistir. La gente avanzaba y a ratos interrumpía aquel baile sin coreografía. Yo era su presa, su sujeto, frágil y expuesta como las raíces de los árboles del parque en Recoleta.
De golpe bajó la mirada y, a través del triángulo que formaba el brazo de una señora que no sé qué cosa reclamaba, vi cómo su seguridad se minaba con la rapidez con la que viajan los granos de un reloj de arena.
El metro se detuvo. La mujer de la cámara no podía creer su indecisión. La gente empezó a salir del vagón. La costa estaba ahora libre. Podía cazarme a su antojo. Pero ella dudaba y mientras ese titubeo más se ensanchaba y le mordía inclemente el espíritu, mi mirada más se distendía. La mujer no entendía bien qué pasaba: era ella quien debía mirar y nunca, bajo ninguna circunstancia, dejar que otros la vieran. Entonces se agarró fijamente de la cámara, y en el momento en que el timbre del metro anunciaba el cierre inminente de sus puertas, se deslizó por la ranura que quedaba.