Arturo Wallace-Salinas
Este blog alegremente proclama: "No creemos en editoriales, pero tenemos opiniones propias". Y en la primera edición de La Brújula Semanal, publicada hace ya más de un año, intenté explicar el porqué de nuestro rechazo a este género, típicamente empleado por los periódicos para externar su opinión:
"Son las personas, no las instituciones —y mucho menos las sociedades anónimas— las que tienen opiniones", escribí entonces, citando al entonces director del diario español Público, Ignacio Escolar. Y sin embargo en esta oportunidad no sólo no dudamos en publicar un editorial, sino que además lo hicimos en la portada. Nuestras razones probablemente serán más que evidentes para la mayoría. Pero igual creo que se merecen una explicación:
Lo principal tal vez sea el convencimiento sincero de que la supervivencia de la humanidad pasa por nuestra capacidad para alcanzar, lo más pronto posible, un consenso en torno al problema del cambio climático, que sirva a su vez de base a la acción. Y el convencimiento de que, en esa tarea, todos, hasta los más pequeños, tenemos que hacer nuestra parte.
Por eso no dudamos ni un instante en aceptar la invitación de The Guardian de sumarnos a una iniciativa secundada por más de 50 periódicos a nivel global. Porque aunque La Brújula no pueda compararse en tamaño, recursos, influencia ni tradición con ninguno de esos títulos, eso no significa que no puede poner su granito de arena. Y nuestro tamaño, como periódico (o como país), tampoco nos exime de nuestra responsabilidad.
Porque responsabilidades tenemos todos, aunque obviamente estas no sean comparables (las emisiones de dióxido de carbono de Nicaragua durante un período de 104 años, por ejemplo, apenas equivalen al 1.5% de lo que emitió China en el 2007. Y aunque este país asiático es hoy por ello el mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo, su contribución histórica al problema -es decir, sus emisiones acumuladas entre 1900 y el 2004- equivale a menos de un tercio de la de los Estados Unidos). Y la correcta (y necesaria) asignación de las responsabilidades y las culpas no debería traducirse en inacción.
Necesitamos aprender a ser coherentes y consecuentes con nuestro derecho, o aspiración, a ser tratados como verdaderos ciudadanos, con derechos, pero también con deberes y responsabilidades. Y hoy por hoy no se puede aspirar a una ciudadanía plena, si no nos asumimos también como ciudadanos del mundo.
A veces, sin embargo, da la impresión de que, como sociedad, los nicaragüenses nos la pasamos buscando culpables y chivos expiatorios, o esperando (incluso demandando) que las soluciones nos las provean otros, en lugar de construirlas nosotros mismos, en una dinámica más propia de una tradición feudal que de una nación de verdaderos ciudadanos. Y nuestro parroquialismo, ese desinterés en las cosas que ocurren más allá de nuestro entorno cercano, que no están claramente conectadas con nuestros intereses más primarios, a menudo no nos permite aprovechar valiosas lecciones y oportunidades.
A estas alturas, no obstante, ya deberíamos saber que ese es un lujo que no nos podemos seguir dando si queremos aspirar a un mejor futuro, o incluso simplemente a un futuro (así, a secas). Y ojalá que la participación de este pequeño periódico en esta iniciativa no sólo ayude a generar conciencia sobre el problema del cambio climático, sino que también sirva de inspiración. Porque en este, y muchos otros planos, incluso en la vida política nacional, no hay excusas para escudarse detrás de la coartada de ser muy pequeño, muy pobre, muy débil, demasiado poca cosa. En las cosas que verdaderamente importan no puede haber excusas para no actuar.