Arturo Wallace-Salinas
Lo que voy a decir no me va a hacer más popular, pero no estoy seguro que un aumento en la tarifa del agua sea necesariamente una mala idea.
Si bien la capacidad económica no debería ser, bajo ninguna circunstancia, una barrera que pudiera impedir el acceso al agua potable, su relativo bajo costo le permite a muchos desperdiciarla sin mayores consecuencias.
Por lo menos no en el corto o mediano plazo.
Mientras, los más pobres son los que más caro pagan el agua. Y la falta de.
Por eso, debería ser posible diseñar mecanismos que sin penalizar a los más necesitados, ni convertir el agua en un bien suntuario, incentiven un uso más racional de este valioso recurso.
Y muy poca gente está dispuesta a gastar de más aquello que de verdad les cuesta.
No quiero sugerir con esto que el simple mercado es el mecanismo más apropiado. El agua es, y debe seguir siendo, un bien público. Pero necesitamos tomar en serio lo que Garrett Hardin definió como "la tragedia de los comunes".
Los "comunes" ("commons" en inglés) era el nombre asignado en la vieja Inglaterra a los terrenos comunales, en los que cualquiera podía poner a pastar su ganado.
Bajo ese arreglo, en el que convive la propiedad privada (el ganado) y la propiedad colectiva (los "comunes"), lo mejor para los rebaños no es necesariamente lo mejor para los pastizales (los que por pertenecer a todos, no pertenecían a nadie).
Por lo menos no es lo mejor en el corto plazo.
El beneficio más evidente para los pastores proviene del crecimiento de su manada. Cada nueva vaca representa para ellos una ganancia neta.
Pero en la medida que esta crece y come, el pasto tiene menos oportunidades de recuperarse. Y el deterioro de los "comunes" es una pérdida compartida, menos onerosa - a corto plazo - que atractiva es la ganancia.
Y al final, en la búsqueda del beneficio individual de cada pastor, la víctima termina siendo el "común".
En la analogía de Hardin hay, por supuesto, algunos que toman conciencia de las consecuencias negativas a largo plazo del deterioro de ese bien colectivo y buscan como modificar su comportamiento o actuar en pro de la preservación del "común".
Pero también los free-raiders (literalmente, los que viajan de gratis) que aprovechan ese comportamiento altruista y la oportunidad que abre para aumentar su nivel de abuso.
Por eso, para Hardin, los esfuerzos de concientización, por sí solos, no bastan. Hay que ejercer algún tipo de control sobre los bienes comunes.
En ausencia de eso, sostiene Hardin, múltiples individuos que actúan independientemente para satisfacer sus intereses individuales pueden terminar destruyendo un recurso común limitado, incluso cuando es obvio que eso no va a beneficiar a ninguno en el largo plazo.
¿Vamos a dejar que eso nos pase con el agua?
Podés leer una traducción del ensayo original de Hardin haciendo click aquí