Uno de los propósitos manifiestos de La Brújula Semanal, ha sido distinguirse por realizar un periodismo contextualizado; enraizado en la vida cotidiana de la sociedad nicaragüense. Sólo de esta manera pueden cumplir su propósito de resultar útiles a sus lectores.
Ante la reacción de los distintos medios, al hacerse eco de las afirmaciones de la diputada afrocaribeña Bridgete Ivone Budier, de habérsele negado el acceso a la discoteca El Chamán, la respuesta de La Brújula fue enviar a sus reporteros a indagar los hechos. El resultado final fue que lograron correr el velo a la discriminación, en sus diferentes formas y matices.
Con la excepción de la entrevista realizada a Michael Campbell, los sitios seleccionados para efectuar la indagación fueron las discotecas. La escogencia no fue arbitraria, desde esos lugares Roberto Salinas, K.W. Stephenson e Ismael Ocampo, demostraron que el fenómeno es más complejo. La discriminación en Nicaragua no sólo es racial, también continúa siendo social, económica y sexual.
Los jóvenes reporteros se metieron en el corazón del problema. Una cobertura que alienta y reconforta, puesto que revelaron que la dimensión del fenómeno está diseminado en todo el cuerpo de nuestra sociedad.
Acontecimientos como los ocurridos en El Chamán, deberían empujar a los medios a encarar estos acontecimientos de una manera más amplia. No bastaba decir que la discriminación existe, había que bajar hasta las profundidades de un fenómeno enquistado en el corazón de nuestra sociedad. Sólo bastó que una diputada saltara, para sacar a flote sus alcances perversos.
La primera constatación es que estos sitios reverenciados por la juventud nicaragüense, existen para hacer dinero. Entre más lujosos menores las probabilidades de traspasar sus puertas. Todos corroboraron la existencia de diferentes escalas sociales, económicas, culturales y raciales, las cuales no pueden suprimirse por decreto. La tenencia de dinero no borra el color de la piel.
La Brújula reveló que requisitos de admisión existen en todos estos lugares; los afrodescendientes son quienes sufren los peores vejámenes, tanto en las oficinas públicas como privadas. Una tragedia similar viven las personas discapacitadas. Además de negárseles el acceso al trabajo, también padecen el martirio de no poder desplazarse en ciudades que carecen de las más mínimas condiciones para que puedan hacerlo. Sin rampas de acceso en oficinas y buses.
También develaron la discriminación que padecen los discriminados de toda una vida. Las políticas de admisión en las discotecas “gay” no son las mismas para todos. “Tabú” luce más amplia que “Q” a la hora de decidir quién entra y quienes se quedan fuera. Los matices cuentan. Ser gay y pobre, no equivale lo mismo que ser un gay adinerado. El color de la piel provoca escozor. En muchas de estas discotecas ven a los negros de reojo.
El acierto de La Brújula fue airear un fenómeno de múltiples aristas; un flagelo denigrante que costará extirpar si no se enfrenta y discute ampliamente. Los medios de comunicación pueden ayudar a combatir estas lacras. Con sólo eliminar los estereotipos creados alrededor de los costeños, (negros y costeños igual a narcos) harían una contribución decisiva.
A todas las discriminaciones anteriores, hay que sumar la discriminación de género. En un país donde las mujeres constituyen mayoría y poseen las credenciales necesarias para desempeñar cualquier cargo con eficacia y deficiencia, todavía no desempeñan las funciones que merecen. Son víctimas de un machismo anacrónico, un tema que La Brújula debería abordar cuanto antes.