La revolución electrónica ha provocado cambios en el comportamiento de los lectores. La puesta en red de los medios impresos alienta otras maneras de relacionamiento. Surgen infinitas posibilidades de cuestionar a periodistas, articulistas y demás fuentes informativas, como una manera de generar mayor aproximación con sus televidentes, escuchas y lectores.
Signo de los tiempos, la celeridad que permiten los medios para responder a sus planteamientos, ya sea aceptándolos o rechazándolos. Los distintos medios impresos del país permiten comentarios de sus lectores con la única condición de que no ofendan, ni denigren a las personas. Cuando uno se convierte en un habitué de sus páginas, constata que más bien se trata de una declaración formal que de una práctica real.
La Brújula Semanal estimula esta forma de participación con la diferencia de que no deja escapar nada que violente principios éticos. Esa especie de gatekeeper que está al otro lado de la red se limita a modular y moderar las voces. No entra en contradicción con sus lectores por la naturaleza de sus cuestionamientos. Las ideas están a salvo de toda censura.
También tienen el cuidado de llamar a los autores cuando constatan su calidad entremezclada con insultos y ofensas, solicitándoles la autorización para editar sus comentarios o bien para que ellos mismos se encarguen de depurar su lenguaje. Una modalidad que La Brújula debe mantener y profundizar.
Las acotaciones de los lectores sirven para propiciar el diálogo en un país en que todavía no se acostumbra a escuchar al otro y dispensar el más alto respeto por sus ideas.
La falta de tolerancia en Nicaragua solo podrá romperse cuando nos percatemos de que el disentimiento ha sido una de las conquistas más grandes de la humanidad.
La interacción que generan los medios con sus lectores, escuchas y televidentes sirve igualmente para redefinir y reencauzar sus agendas. Entre mayor sea la sintonía entre ciudadanía y medios, los resultados serán más provechosos para todos.
La aparición de Internet ha significado un duro revés para ciertos medios, que engolados y engreídos, deciden de acuerdo a intereses políticos y comerciales, qué merece publicarse y qué no. Una censura sutil que únicamente deja escurrir con cuentagotas las críticas que la ciudadanía endereza contra los medios cuando sienten que sus necesidades no tienen eco ni encuentran la menor acogida.
La existencia de un moderador tiene sentido siempre y cuando limite su actuación a depurar el lenguaje y a evitar la maledicencia.
La proliferación de los blogs ha servido como un catalizador para que los medios tomen conciencia de que la hora de todos ha llegado. En la medida en que crezcan y se expandan por la blogosfera, algunos timoratos se darán cuenta de que ya no pueden hacer todo lo que antes les estaba permitido. Las agendas ahora se negocian, no se imponen. Este es uno de los resultados más importantes derivados de la creciente hegemonía alcanzada por Internet.
En el caso de La Brújula las ganancias por el uso de la Red son múltiples. Su aparición en Facebook y en Twitter ha granjeado una cauda de lectores más allá de su edición impresa. Pero lo más importante es que logran establecer una comunicación directa con ellos, lo que permite a su cuerpo de redactores sondear temas y obtener entrevistas.
El deseo que anima a sus miembros de que sus lectores critiquen de manera directa sin ninguna mediación previa significa un paso adelante. Sería abrir las compuertas dejando a posteriori que sean los propios lectores quienes reclamen y enjuicien todos aquellos comentarios que consideren indebidos.
Las nuevas formas de participación ciudadana son un logro estupendo nacido al calor de la expansión y desarrollo de las nuevas tecnologías de comunicación. El ágora electrónica está en ascenso. En este concierto todas las voces tienen cabida. Solo quedaría modular a quienes, carentes de ideas, solo saben desgañitarse profiriendo todo tipo de ofensas.