Después de catorce ediciones, los lectores de La Brújula podrán haberse percatado que las promesas de sus editores se han venido cumpliendo. Sus deseos explícitos por convertirse en un medio de comunicación útil para todos son tangibles. Cada número ha traído un tema central de su absoluta incumbencia.
La apertura de las clases y los dolores de cabeza que plantea el ingreso de sus hijos a los padres de familia; las recomendaciones acerca de la manera de enfrentar la crisis que abate a la economía mundial y su impacto en la economía local; en un país con índices insoportables de desempleo, reiteraron la importancia de que los jóvenes establezcan sus propias empresas. Para seducirnos, incorporaron el paisaje encantado de las nuevas tecnologías de comunicación y abrieron una columna para corregir sus propios deslices mostrando igual receptividad a los errorcillos señalados por sus lectores.
El lenguaje coloquial, la síntesis que realizan sobre los temas dominantes que aparecen en los distintos medios, (Palabras de la Semana), la ampliación y el cambio de nombre de la Brújula TV cómo Brújula del ocio y la promesa cumplida de su director de ampliar progresivamente su contenido, incorporando en su sección otros aspectos vinculados con la cultura nacional, otorgan un perfil y una tonalidad distinta a La Brújula.
En su última edición, en la sección librexpresión, además del blog infaltable de la cubana Yoani Sánchez, aparecieron nuevas colaboraciones. Pero hace falta que se sumen muchas más. Mi reclamo permanente a sus lectores es que hasta la fecha no han podido copar sus páginas. Sobre todo los estudiantes de filología, comunicación y literatura. Mi tarea como defensor de los lectores me habilita a formular un llamado urgente a que se tomen las páginas de La Brújula por asalto. No me explico su tardanza.
Uno de sus reclamos permanentes de los jóvenes es que no cuentan con espacios suficientes para manifestarse plenamente. Ahora que disponen de una tribuna permanente, franca y absolutamente libre para decir cuanto quieren y sienten, no se que esperan también sus profesores de literatura o prensa escrita, para animarlos a dar a conocer sus primeras creaciones.
Soy testigo de la avidez con que los jóvenes esperan cada número de La Brújula. Pienso que su interés por la lectura debería compaginarse con sus deseos de ver sus escritos en letra impresa.
¿Terminaré por creer que sus lamentos en las bancas de la UCA o en los pasillos de la UCC, no son tales, puesto que constituyen simplemente una excusa que La Brújula ha dejado al desnudo?
¿En verdad se sienten satisfechos con el mundo que les rodea? ¡No lo creo! Una juventud que no expresa sus dilemas, angustias y necesidades; una juventud que no reclama y permanece indolente ante lo que acontece a su alrededor, termina por renunciar a sus compromisos ciudadanos. Creo que ninguno de ustedes está dispuesto a dar la espalda a lo que afecta su discurrir cotidiano. Ningún joven quiere enajenar su presente, mucho menos hipotecar su futuro.
Cada vez que uno de ustedes alza su voz, se abre una ventana de aliento. Su soplo resulta refrescante. Estamos sabidos que cada generación asume sus compromisos de manera diferente. Los jóvenes que hacen La Brújula, nadando a contracorriente, han puesto literalmente en sus manos un espacio para entonar nuevas y viejas canciones, en un momento en que la inmensa mayoría de los nicaragüenses, lucen desencantados y descorazonados. A ustedes corresponde restituirles la esperanza.
No se crean el cuento de que ustedes representan el futuro. ¡Jamás olviden que sin presente no hay mañana!