De repente los conos naranja de la policía se movían. Caminaban en fila india, uno detrás del otro, en un ritmo bastante acompasado. No, no estoy loco ni estimulo mi cerebro con sustancias. Bastó con volver a ver y comprobar mi error, mas aún equivocado, el episodio no dejó de causarme gracia. Al menos 30 chiquitines salían de una escuela, con sus chalecos y guantes naranjas, tomados de la mano y con un policía como guía.
Lamentablemente a esa hora de la mañana iba apresurado hacia mis clases y no pude quedarme para contemplar la secuencia de eventos. Pude observar que unos portaban señales de alto, que detuvieron el tráfico para que las personas cruzaran las calle. Las edades de estos pequeños oficiales eran diversas, desde los 8 hasta talvez los 12 años, participando de una práctica clase de educación vial. No pude hacer más que sonreír, que regocijarme internamente por ese esfuerzo, no sé si por parte de la policía o de las autoridades del colegio, el cual debo aclarar que no era privado.
Muchas veces contemplé, en mis años de primaria, a un oficial sonriente guiando a los escolares en aquellos libros azules de moral, civica y urbanidad. Hasta me parecían bastante cursis tales dibujos, pero por primera vez pude comprobar que era posible. Era posible ver sonreír a un oficial de la policía rodeado por niños curiosos, a los conductores detenerse para dejar pasar a un grupo de estudiantes, sin que éstos tuviesen que correr bajo el vértigo del miedo. Claro que la presencia de los agentes azules contribuyó al recato de los ciudadanos, pero permítaseme soñar un poco, en estos tiempos donde hacerlo parece no servir de nada.
Al final tuve que irme, pero no sé por qué con tanta alegría. Otras personas parecían indiferentes, otras habrán pensado que ese es el deber de la policía, y talvez lo sea, pero tras tantos años de incumplimiento, el hecho de que se realice tal acción sin que nadie la exija, al menos en este país, es plausible. Personalmente yo no recuerdo ocasión alguna en que me haya vestido de policía para detener el tráfico o para aprender cómo cruzar una calle. Yo, y otros como yo, aprendimos a punta de pitazos de camiones, carros y buses, sin mencionar el sonido de herraduras y cascos de los caballos que tiran carretones y que se pasean elegantemente por nuestras calles.
Sinceramente creo que este tipo de iniciativa debe salir a la luz pública, aunque sea mencionada de manera escueta por un imberbe aprendiz de comunicador. Almenos para refrescarnos el día, para no sentirnos tan ajenos a todo, tan incapaces de hacer algo, que es lo que ocurre al leer o sintonizar,usualmentete, los medios de comunicación. Y más importante aún es saber qué es lo que ocurre con nuestra niñez, porque mientras más herramientas se les de, más capacitados estarán para construír sus sueños... porque ellos todavía lo hacen sin parecer ingenuos.