Soy un ente nocturno. No puedo conciliar el sueño antes de las once de la noche. Prefiero trabajar en el silencio, mientras todos descansan, con la serenata de los grillos escondidos en el jardín, entre el pasto húmedo; con el viento que sopla en las copas de los árboles y las cortinas de la sala que se levantan como si un gigante espíritu se apoderase de ellas.
Durante la noche todo es paz y sólo el constante tecleo irrumpe ese manto de quietud debido a un trabajo que debo entregar mañana.
Doy la última ojeada al documento, me parece que está bien. Una vez que es seguro retirar el hardware, apago la computadora. Podré ir a dormir, son las 12:30. Las luces de la casa están apagadas, el abanico en la habitación sopla, espantando zancudos. Acostado, siento el cansancio del día, la placidez de la cama, el embrujo de Morfeo, dios del sueño, que me lleva a jardines donde las musas me esperan.
Entre la realidad y el letargo, apenas tengo percepciones de lo que acontece afuera. Son extraños ruidos los que provienen de la calle. Murmullos extraños, un portón que se abre lentamente, más murmullos. ¿Serán ladrones? ¿Qué pasa? ¿Deberé levantarme con el bate de béisbol que está en una esquina de la habitación? Pero todo eso transcurre en un segundo, me vence el sueño, me quedo tendido, no hay vuelta atrás.
“¡Felicidades, Felicidades, Feliz cumpleaños, en este día!”. ¿Qué día si es la una de la madrugada? Ni los pájaros se han levantado y el sol aún tiene derecho a dormir cinco horas más. Como un martillazo en mi cabeza han irrumpido las voces de un conjunto de mariachis que, con trompetas, guitarras y guitarrones, saludan al aniversario del nacimiento de la vecina.
Las almohadas no son suficientes para aminorar el ruido, trompetas disonantes intentan seguir el ritmo, maldiciones llenan mi cabeza. El corazón de la cumpleañera, supongo, se regocija con el gesto de su atento marido, pero irresponsable vecino.
Han sido 6 canciones. Las he contado. Casi media hora, o talvez 15 minutos… no lo sé. Posiblemente mi vecino también ignora que el artículo 9 de la ley especial de Delitos contra el Medio Ambiente, pena con multas entre los 5 y los 20 mil córdobas a los que perturben el descanso diurno y nocturno de los ciudadanos.
Con ese dinero, el galán madrugador podría comprar más de un centenar de rosas, pagar una cena romántica en algún restaurante o invitarla a algún spa para relajarse juntos con aceites y esencias. Podría hacer mil maravillas, en la intimidad de su casa. Y sin que los vecinos nos diésemos cuenta.
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