Caminaba presuroso por la acera. Los últimos vestigios de lluvia se precipitaban y, más que refrescar el ambiente, transformaban las calles en un sopor pegajoso, con olor a humo de escapes de vehículos apresurados. Al llegar a la parada, sólo dos personas aguardaban la siguiente ruta. Un señor de paraguas miraba la nada, distraído, sin expresión. Otro joven ansioso hablaba por su celular “Sí ya voy, sólo estoy esperando el bus!”. Al colgar, sólo logré escuchar el murmullo de “Qué jod…!”.
En el asfalto, los charcos reflejaban un cielo gris, casi metálico. Pitos en el ambiente, el ruido de los escapes de otros buses rompían el aire; al otro lado de la calle, los peatones seguían su rumbo desconocido.
Mientras pensaba en qué historias podrían encerrar esas personas, el bus se aparcó con un estruendoso pitazo, y el cielo metálico del charco estalló en mil gotas bajo las llantas de la unidad.
Dentro del bus, el pasillo era un túnel oscuro y húmedo. Reggaeton panameño sonaba en la emisora, evocando fiestas acontecidas entre el 97 y el 99. Los asientos ocupados, más de alguna mirada que se posa sobre uno. Me sostuve del tubo en el techo, y yo, junto con otros 15 pasajeros más, nos aferramos con fuerza cuando aquél rectángulo de hojalata inició la marcha.
A medida de que la ruta completaba su recorrido, los pasajeros descendían y logré hallar un asiento al lado de una anciana. Me senté a mirar la calle que discurría veloz. No pegaba la cabeza a la ventana porque en ese ajetreo, existe la posibilidad de estrellarse con atronadora vehemencia, siendo el hazme reír tanto del vecino como del que va detrás. Delante iban un estudiante, y un hombre robusto.
La ruta giró en una rotonda capitalina. El estudiante se levantó, pero se quedó al lado de donde yo iba. Se rascó el talón, al menos eso pensé. Volví a ver, porque el muchacho seguía estando ahí. Sus dedos se aferraban a 20 centímetros de afilada hoja, brillante, gris, evidentemente metálica. Se abalanzó, a menos de una pulgada de mi cuello: “Pasame el celular”. Mencionó otras maldiciones que no quiero repetir en este medio.
En segundos, el asaltante se bajó en una parada. Escuché los comentarios en la parte trasera: “Es que es chele”, “Como lo ven chele lo tumban”, “Al chele lo timaron”. Al igual que chele, hay calificativos como indio, negro, jincho. Para cada uno existen sus estereotipos, cada uno refleja realidades distintas, cada uno es un estrato más. El racismo en Nicaragua está vigente, y causa resentimientos. Mientras unos se desquitan en las rutas, otros podrían hacerlo en las discotecas al decidir quién pasa y quién no. Cualquier aporte, dejen su comentario, porque celular ya no tengo.