Leo MED*
"Si el ateísmo es una religión, entonces la salud es una enfermedad."
-Clark Adams
Actualmente vivimos en la Era de la Información. Los medios de comunicación han evolucionado para bombardearnos constantemente con toda clase de cosas. Ahora como nunca antes, los seres humanos se sienten conectados a su entorno cercano, e incluso a lugares lejanos, precisamente porque tienen conocimiento de qué está ocurriendo.
Como resultado de esta Era, todos los grupos que conforman la sociedad sienten la necesidad de compartir sus ideas, expresarse abierta y libremente, manifestar su opinión e influir sobre el resto de la sociedad. Es como si cada grupo social estuviera hambriento y sediento de atención, ansioso de aunque sea una migaja de exposición mediática que mágicamente garantice y legitime su existencia.
Algunos grupos, como las personas homosexuales y quienes debaten sobre cuestiones como la guerra o el aborto, están aportando al diálogo social en materia de libertades humanas y normas. La sociedad no puede prescindir de estos grupos, ya que los necesita para evolucionar. La gente homosexual, por ejemplo, necesita "salir del armario" para que se terminen la discriminación y los prejuicios contra esta porción de la población.
Por otro lado, hay grupos que nunca deben formarse. Uno de ellos es el grupo del ateísmo organizado, ya que un ateísmo gregario, grupal, contradice el principio rector de la opción personal de ser ateo. Dejar a un lado creencias, ideales y supersticiones, cualesquiera que sean, significa apartarse del rebaño, aprender de la experiencia propia y ajena, de la historia, de la ciencia, y de la vida misma, NO salirse de un rebaño para entrar a otro.
La gente socialista de principios y mediados del siglo pasado, protagonistas junto con el gobierno de Estados Unidos de la tristemente célebre Guerra Fría, se declararon ateos como grupo, siendo en realidad idealistas que sustituyeron un cielo después de la muerte por un Estado Perfecto después de muchas guerras, o sea, después de muchas muertes alrededor del mundo. Ese no era un rebaño de ateos verdaderos.
La verdadera persona atea se regocija en los placeres sencillos de la vida, en pasar tiempo consigo mismo, o en compañía de sus amistades, familiares y mascotas. No necesita un grupo que le haga sentirse especial y extraordinario, importante, o perteneciente a algo más allá de los confines de su vida cotidiana. No necesita convencer a nadie. No necesita influir sobre nadie. No vive con hambre de poder porque sabe que dicha hambre produce sed de sangre.
Las personas ateas deben vivir felizmente, con el mismo orgullo con que la gente religiosa despliega sus tradiciones, símbolos y ritos, pero individualmente, sin caer en la tentación de convertirse en aquello que han dejado atrás. No hay nada peor que hacer algo motivado por la ira. Si el ateísmo, furioso e intolerante por los desaciertos de la religión, se agrupa para combatirla, matará su espíritu de libertad intelectual individual.
Cuando atacamos algo lo hacemos más fuerte. Quien no lo crea, que le pregunte a la Iglesia Católica y a la gente homosexual. Cuando Lutero atacó al catolicismo en el siglo XVI, sólo consiguió hacerlo más fuerte. Quien discrimina y maltrata a otro ser humano por su preferencia sexual, hace, para fortuna y salud de la sociedad entera, más fuerte la necesidad de pedir respeto para estas personas.
Además, un ateísmo organizado para atacar a la religión no estaría aportando nada positivo a la sociedad. Sería solamente una organización más, como tantas que existen, predicando la división, la intolerancia, el odio y la violencia. Si la gente religiosa tacha a su prójimo ateo de satanistas, mala gente, demonios, entre otras cosas, y les discrimina, que así sea. Que NUNCA sean los no-idealistas quienes preparan campos de concentración, fosas comunes, genocidios y guerras santas, hogueras, horcas, hornos y linchamientos. La humanidad no necesita más de eso.