Elvis Vásquez Bermúdez
El pasado 10 de agosto fue un día que lamentar. Arlen Escobar Moreno, amiga y compañera de la universidad no realizaría su sueño de ser periodista ni ningún otro. Alrededor de las seis de la tarde, abordó una motocicleta sin sospechar -como suele suceder en casos de accidentes-, que a la vuelta de la esquina le aguardaba la fatalidad.
Según leí en un diario nacional, la falta de pericia del conductor con el que viajaba y las llantas gastadas de la moto produjo que resbalaran al realizar un mal giro y cayeran. Por desgracia otro motociclista que circulaba a alta velocidad la atropelló quitándole la vida.
Muertes como la de Arlen no son hechos aislados ni mucho menos. Cualquiera que vea con cierta regularidad los noticieros nacionales se dará cuenta de lo común que son las víctimas de accidentes de tránsito en Nicaragua, unas 600 en el 2009 y unas 350 o más en lo que va del año.
Personas atropelladas, vehículos destrozados junto con sus ocupantes son cosa de todos los días, y casi siempre, alguien bajo los efectos del alcohol, un conductor imprudente, o desperfectos mecánicos son variables de una misma ecuación con resultados catastróficos.
La cantidad de muertes por esta causa es increíble. Unos 20 mil en la última década-más que el saldo de los desastres naturales y las epidemias. Se ha convertido en la principal causa de muerte entre jóvenes y adultos y es considerado un problema de salud pública.
Estadísticamente, Managua es la ciudad donde más ocurren accidentes de tránsito, no es de extrañarse, también es la más congestionada de vehículos y la más desorganizada en materia de transporte y seguridad vial de todo el país. La capital es famosa por su tráfico descontrolado, su falta de andenes para que transiten las personas, sus conductores malhumorados que debes en cuando sueltan un “hijueputazo” a cualquier cristiano que se abra paso entre el mar de vehículos para cruzar la calle.
En Managua todo el mundo “anda rápido”: los buses, los carros, las motos, los transeúntes, etc. La amalgama perfecta para el desastre.
El problema no termina ahí. La familia y la víctima son dos caras de una misma moneda. El impacto en la familia ante la pérdida de un miembro es difícil de medir y muchas las consecuencias. Abría que estimar la secuela de los accidentes no solo cuantitativamente como hasta ahora. En primer lugar, perder a alguien y de un modo tan trágico y repentino causa un impacto psicológico y emocional difícil de superar.
Por otro lado, un miembro menos de la familia puede significar perder el sustento del resto o un ingreso importante. Solo por mencionar algunos aspectos.
Cada quien bajo su propio riesgo. Muchos accidentes pudieron evitarse con tan solo atender algunas de las medidas de seguridad y un poco de sentido común. Algo tan sencillo como portar un casco o tomarse la molestia de cruzar un puente peatonal puede hacer la diferencia. En este sentido prevenir es mejor que lamentar.
Pese a los hechos, nos sentimos seguros. Muchos de nosotros todavía tenemos ese sentido de perpetuidad mezclado con orgullo propio del ser humano que nos hace creer falsamente especiales. Pensamos que nuestras vidas no acabarán mientras seamos jóvenes o estemos saludables y que lo que le pasa al otro no es posible que nos pase a nosotros. Grave error. No se trata de vivir con pánico constante, ni asustados. Más bien se trata de ser más sobrios y conscientes.