Ricardo Campos
Muchos de nosotros, ante determinadas situaciones, asumimos una actitud de yoquepierdismo, con cierta vanagloria del orgullo. Lo cierto es que, aunque intuyamos que no se puede hacer nada, siempre hay que dejar sentado precedente, para hacer crecer los indicadores y quizás así, las autoridades correspondientes, ejerzan algún plan de acción.
Me refiero en esta líneas, a los robos que la mayoría de las personas hemos sufrido, al menos, una vez en la vida. Las modalidades son varias; los sujetos, son de la misma especie; la hora; es cualquiera.
Abordé un taxi con una amiga, otro pasajero también aborda el taxi en el asiento junto al conductor y en menos de un minuto, se cruza hacia al asiento de atrás golpeando tres veces la cabeza del ahora asaltado, con un arma no identificada, pero sólida y amenazando a su amiga, la co-asaltada, que ya comenzaba a llorar y sentir, esa sensación de impotencia, miedo e indefensión.
El tour del asalto, entonces comienza: UNI, Chaman, Tiscapa, unas cuantas desviaciones. Explicaciones del propósito del tour, haciendo uso de un lenguaje en extremo soez y la falsa entonación de voz, para infundir miedo. No permite el asaltante, que se descubra la obvia complicidad que tiene con el taxista, que entre llanto y voz de teatro, suplicaba a su cómplice bajar a los pasajeros y no disparar el arma porque él tenía familia e hijos de quienes cuidar.
El botín consistió en un mil doscientos sesenta córdobas (dinero de la co-asaltada), un perfume costoso, dos celulares, dos chapas, una pulsera y una cadena. Sin contar claro, con la manoseada que le dieran a la co-asaltada, mientras ella lloraba suplicando no seguir.
Nos bajan en el barrio El Redentor, no sin antes amenazar con disparar, si voltean “para atrás”, como dijo el ladrón. Cuatro o cinco pasos, pero en los dos primeros, el asaltado logró ver el número de la placa del taxi: M 04386.
Se fueron. Suponemos, que riéndose por el jugoso botín y por creer que nos quedaríamos allí, sin conocer el lugar, petrificados del terror y con el trauma de volver a ser asaltados. Error. Siempre podemos contar con una mano solidaria, los habitantes del barrio, que presurosos, dieron agua a la co-asaltada, indicaron la ubicación del lugar y ayudaron a conseguir otro taxi.
El error, fue no haber ido a interponer denuncia al Distrito V de la Policía, donde correspondía (sector donde abordaron el taxi). Porque ante los hechos, y luego de haber contado la historia, a los amigos del asaltado, era preferible resignarse y no perder el tiempo en la estación. “Total, ya no se puede hacer nada”.
Definitivamente, en Nicaragua, existe un sub-registro de robos y otras agresiones, pero si nosotros como ciudadanos y como víctimas, no hacemos uso de las instancias pertinentes, no crecerán los indicadores que demostrarán que cada día, vivimos mas sumidos en la inseguridad, la violencia y la pobreza que es uno de los factores, por demás principales para originar estos robos.
Bien se pudo haber investigado y dado con el dueño del taxi, aunque no se pudiera recuperar las cosas robadas, pero para saber eso, era necesario denunciar el hecho, que por mayoría de votos, fue mejor no hacerlo. Error. Craso error.