Luis Núñez*
La muerte de Salvador Cardenal me tomó por sorpresa y no quería creer hace varias semanas o meses en esa posibilidad, aún cuando llegó a la sala de redacción del periódico. Estaba seriamente enfermo, pero como los héroes pensé que iba a salir bien. Nos saludamos y hablamos brevemente y se fue.
No recuerdo cuándo conocí a Salvador Cardenal, quizá pudo ser en 1977 o 1978 ambos jugábamos baloncesto, él jugaba con el Colegio Centroamérica y yo en un equipo de la Colonia Centroamérica.
Después lo volví a encontrar en 1980 cuando nos tocó ir a la misma comunidad a alfabetizar: Mayawás, una comunidad ubicada a muchos kilómetros río arriba de la Cruz de Río Blanco, en lo que era en ese entonces Zelaya Central, ahora Región Autónoma del Atlántico Sur.
Ambos viajamos por el Pescanica 10, primero a la Cruz, luego a caminar día y medio hacia la montaña, todavía espesa en ese entonces. Allí en las noches de luna o sin luna, Salvador sacaba su guitarra, a cantarle a la selva oscura, tratando quizás de competir con el canto de los animales alborotados que empezaban a despertar para su labor nocturna. Cuando nos reuníamos todos los brigadistas en la casa de don Sebastián Granados, cantaba y todos nos uníamos alrededor de una fogata improvisada en una misma soledad, viviendo el verdadero contacto con la realidad de nuestro país, pobre y extremadamente disperso. Escuchando la historia de cada una de las familias que poblaron esa inmensa selva una o dos generaciones atrás.
Allí, todos los que estuvimos en Mayawás, cuyas casas estaban aisladas unas de otras, nos reuníamos para valorar nuestras experiencias cotidianas, que a César lo escapó de morder una culebra, que Isidro trabajaba duro con el “Tata”. Crecimos, nos convertimos en hombres. Allí Salvador, era uno de nosotros, sencillo, amigo siempre, entusiasta descubriendo un mundo nuevo y maravilloso, rodeados de la vida intensa de la selva caribe nicaragüense llena de colores, viendo pasar las lapas o guacamayas, o encontrarnos de repente con un danto, o las enormes pisadas de un jaguar o tigre como llamaban los lugareños.
En una ocasión nos reunimos unos cuatro en “su casa”, de madera con zinc. Allí comimos tortilla con sal, que era parte de la dieta que también le tocaba a Salvador. En medio de la conversación se escuchó el golpe seco de algo que caía del techo. Todos nos levantamos espantados, al ver que lo que caía no era un pedazo de madera sino una enorme culebra café. a la que los campesinos llama bejuquilla. Cuando desapareció todos nos reímos del enorme susto, y el nivel de pánico de cada uno. El resto de los meses fue nuestra anécdota.
Allí a las pocas semanas de estar en la comunidad Salvador enfermó grave. Era malaria. Su casa era una de las más aisladas de la comunidad, para llegar a ella desde el centro se tardaba unas cuatro o cinco horas a pie. Nos avisó Octavio. La situación era grave, creo que ya era mayo y había lluvias fuertes. El problema era como sacarlo. Lo más cerca era Río Blanco, y para llegar en bestia se necesitaba por lo menos un día, y Salvador difícilmente lo resistiría.
Tomamos la decisión de que uno o dos tendrían que ir hasta Río Blanco a pedir ayuda para poder sacarlo. Era una lucha contra reloj, ya que cada día que pasaba Salvador podría empeorar.
A los dos días llegó un helicóptero para sacarlo y trasladarlo a Managua. Así finalmente Salvador pudo ser trasladado y atendido de emergencia. Si me hubiera quedado más tiempo no hubiera sobrevivido, nos comentó meses después cuando regresó a la comunidad ya al final de la Cruzada.
Estos son algunos de los apuntes que he estado recogiendo sobre mi experiencia en la Cruzada Nacional de Alfabetización de 1980. Nunca se me olvida aquel joven, sencillo que supo ganarse rápido el cariño de una familia de campesinos que durante todo el tiempo que estuvimos allí no cesaban de preguntar por la salud de Salvador.
Ahora, 30 años después, Salvador no pudo ser rescatado por ningún helicóptero, pero sí seguro que sigue allí cantando espantando las noches oscuras, o complementando el canto de aves nocturnas que ven en la noche el inicio de su día. Se me hace un nudo en la garganta pensar que el guardabarranco voló, hacia donde todos tenemos que ir alguna vez, con una sonrisa en los labios.
Él se va físicamente hablando, pero qué es lo físico sino solo una imagen de lo verdaderamente esencial. Fue un hombre sencillo y creativo, seguirá cantando y produciendo como si hoy fue el primer día de una nueva canción. Hasta luego Salvador, cantor, ave, amigo, sonrisa, vida, esencia. Hasta luego, hasta la próxima canción.
*El autor es periodista.