Emila Persola
Será una curiosa reminiscencia producida por la lectura de Sombras nada más (Sergio Ramírez, 2003) o uno de los últimos blogs de Yoani Sánchez sobre libros que le recordaron su infancia en la última Feria del Libro en Cuba, pero recientemente he estado reflexionando sobre los gigantescos cambios que ha sufrido la televisión infantil y el acceso a la imagen desde aquellos años ochenta en que la programación empezaba a partir de las tres de la tarde.
Los niños nos reuníamos media hora antes en la casa de alguien que tenía televisión para pelearnos por asiento y ensayábamos fantasías expectantes ante aquellas barras de color azul, magenta, cian y blancos alternados (barras SMPTE), mientras finalmente aparecían los rescates de Marine Boy, los tortazos de Bromista en Los Pitufos, los prados rusos del Osito Misha, las travesuras mudas de Los Barbapapás, la trágica vida de José Miel o lo bizarro que resultaba La Reina de los mil años.
Fue una década sencilla, sin 100 canales de 24 horas. No había películas piratas, los pocos cines decrépitos empezaban a apostar por la pornografía o Van Damme, los Ataris eran signos del capitalismo y la Internet sólo era entonces una red limitada en el Pentágono. Qué rara existencia la que nos tocó vivir o qué rara existencia la que tienen los infantes de ahora. Aunque quizás sólo sea diferente. Quizás eso no nos hizo mejores o peores, pero en definitiva sí debe existir un complejo grado de acceso a la imaginación entre esas generaciones en relación a las actuales.
En las últimas dos décadas, los niños y niñas en el mundo han crecido inmersos en una cultura fundamentalmente visual, liderada por Japón. Pero, curiosamente, algunos estudiosos afirman que las nuevas generaciones también leen más que las anteriores (si sumamos todas sus carreras cortas de lectura). Por otro lado, se considera que éstos también tienen menos alcance de memoria, puesto que tienen mayor inmediatez de acceso a archivos. (Uy! En algunos cuantos años tendremos entonces una peste de Alzheimer que les borrará su pasado). Pero no se asusten, chicos, quizás no sea tan grave pues en Nicaragua, por ejemplo, llevamos 189 años desconociéndonos unos a otros.
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