12:02
19
feb

La utopía del éxodo

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Por Francisco Javier Gutiérrez

“Una bagatela literaria
que casi sin darme cuenta
escapó de mi pluma”.
Tomás Moro, sobre Utopía.



Conectado a la fantasía como la religión a la fe, el socialismo del siglo XXI logra mantener viva la monomanía colectiva por el sistema comunista. La veneración por la sociedad de los iguales continúa porfiadamente produciendo feroces tiranías y propagando en sus adeptos la espantosa parálisis mental del fanatismo, esa desdichada condición humana a la que Nietzsche bautizara como la única fuerza de voluntad de los débiles. ¿Cuántos millones más deben morir o exilarse para que la razón salga de su lapso? El socialismo de cualquier siglo se parece a "Fin del mundo", el magnifico poema de José Emilio Pacheco: Ya ha durado mucho / Y todo lo empeora / Pero no se acaba.

Siete décadas duró esta plaga el siglo pasado. A ese paso a la pobre Cuba sólo le restarían veinte años más de flagelo. Y menos mal que Honduras a pesar de la prepotencia mundial logro salvarse de semejante condena. España ejemplifica cómo los intereses de mercado van borrando la memoria histórica del mundo. A 71 años del exilio republicano, choca la parsimonia con la que la Madre Patria trata al binomio Chávez-Castro. El Rey, Zapatero y Moratinos, como los monitos de Gandhi, no oyen, no miran, ni hablan del mal.

Desterrados bajo el infame nombre de gusanos, el éxodo cubano lleva más de medio siglo rodando por el mundo. Admiro a Silvio Rodríguez pero también noto que sólo canta al horror ajeno. En su "Cita con Ángeles" por ejemplo, menciona las balas que derribaron a Kennedy pero omite las que fusilaron a Ochoa, y es siempre insensible al desahucio de los millones que son obligados a expatriarse. Antonio Muñoz Molina, critica el señoritismo miserable de los intelectuales europeos y las estrellas tarambanas del cine que como Gabo, gozando de todos los privilegios de la libertad, de vez en cuando hacen turismo revolucionario para adular a Fidel: “Suelen venir de países democráticos donde se declaran muy críticos frente al poder, pero se ve que para que tanta rebeldía se vuelva reverencia sólo hace falta que el poder sea absoluto. Cultivan una solidaridad abnegada, casi heroica pero sólo con los verdugos, nunca con las víctimas, y tienen el corazón de hielo para los perseguidos que no se ajustan a su ortodoxia”.

En América Latina esa misma ortodoxia hace que Jesús se siente a la izquierda de Dios Padre. La izquierda latinoamericana es como la misma virgen María: sin pecado original. Sus crímenes se bautizan en la pila del agua bendita revolucionaria, un asesinato es un “ajusticiamiento” y un robo “una recuperación económica”. La Revolución Sandinista (léase orteguista), relanzada nuevamente gracias a la perversión política que hoy impera en Nicaragua, también cobró su propio éxodo y la vida de unos 50,000 jóvenes nicaragüenses. Hasta hoy nadie es responsable por aquel matadero, ni siquiera un mea culpa que al menos dignifique su sacrificio.

Hugo Chávez arrastra a Venezuela a un infierno similar, la guerra es inevitable cuando los pueblos pierden su libertad. El éxodo venezolano, nicaragüense y cubano son creados por la misma calamidad, regímenes autoritarios que desprecian la vida y el bienestar de sus pueblos. Que suprimen la libertad, destruyen la economía y asesinan a su juventud en nombre de la “justicia social” y en contra del “imperialismo”. El delirio de Chávez y sus homólogos es convertir la región en muchos Viet Nam. Colombia puede representar para Chávez lo que Las Malvinas representó para Galtieri. La guerra es una carta marcada que el militarismo siempre usa para camuflar sus desastres económicos.

Latinoamérica fue saqueada como cualquier otra colonia, pero eso no justifica la torpeza propia, ni un antiimperialismo ciego e irresponsable. Algo hicimos mal, ha reconocido con franqueza Oscar Arias: “No podemos olvidar que América Latina tuvo universidades antes que Estados Unidos creara Harvard. Que hace 50 años Honduras tenía más ingreso per cápita que Singapur. Que en 1950 un ciudadano norteamericano era cuatro veces más rico que uno latinoamericano. Hoy un ciudadano norteamericano es hasta 20 veces más rico que uno latinoamericano. Esto no es culpa de USA, es culpa nuestra”.

Cuánta pesadilla pudiera evitarse, si la comunidad internacional promoviera la democracia como un valor universal en la región, antes de transar con los delincuentes que hoy sojuzgan a sus pueblos. O, si los venerados intelectuales de la izquierda latinoamericana ajustaran su reloj ideológico un par de siglos y abandonaran la tesis que para terminar con la pobreza no sólo es necesario exterminar a los ricos sino también acabar con la riqueza. Brasil, Chile y Costa Rica, demuestran que para reducir la pobreza, América Latina necesita sacudirse la infinita melancolía por sus venas abiertas, con democracia, trabajo e inversiones de capital. Fernando Birri tiene razón, la utopía es como el horizonte y sirve para caminar, pero es imposible avanzar con una venda ideológica en los ojos que impide ver entre otras cosas, que “la libertad es también la libertad del que piensa diferente”, no sólo aquella que promulga las consignas del partido. Cuántas vendas pudiera desatar aquí Goethe con su infinita sabiduría: “ Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo”.


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