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29
oct

Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!

Porque opinar es gratis...

-Antonio González-

Un amigo me dijo que el tiempo nunca se detiene. Sólo nosotros vivimos detenidos o acelerados.

En las dos últimas semanas otras personas me han dicho lo mismo. Y me han asegurado que lo más precioso de la vida es la juventud. Esos comentarios, unidos a mis ideas, me llevaron a reflexionar si estoy viviendo bien lo que llamaría mi “edad dorada” y qué tanto influye el tiempo en el diseño de mi joven destino.

No me gustan los relojes, pero hace tres semanas, mientras caminaba en la mañana junto con dos amigas y leí en la pared del colegio Pierre Marie Curie los dos versos que titulan este desahogo ―expulsados por el faro modernista Rubén Darío, mi compatriota y colega― un reloj se dibujó en algún espacio remoto de mi conciencia. Esas palabras encendieron la curiosidad de mi inspiración y me retaron a expresarme sobre ellas de tres formas: con un ensayo, un poema y una canción. Por eso escribí estas reflexiones.

Me parece gracioso que muchas veces pensemos que los jóvenes disfrutamos mejor la vida; que los adultos son aburridos, malhumorados, y que creamos que ellos son los únicos responsables de la Nicaragua del presente.

Pienso que entre los 20 y 30 años te comienzan a despertar los sueños, ideales, fantasías, decepciones y aprendés a convivir con la madurez emocional y sentimental. Pienso también que sería atractivo si los nicaragüenses al cumplir 30 años de vida escribiéramos o contáramos lo más importante de nuestra época juvenil; talvez nacería una psicología “redencionista” que podríamos usar para analizar la vida y tomar decisiones importantes.

Mientras sos joven sabés que es bello mirarte en el espejo; tenés la piel fresca, sin llantas y arrugas; no te duelen los músculos. No pensás en la vejez o la muerte. Todo te parece nuevo. Podés ir a cualquier lugar, jugar tu deporte favorito hasta cansarte, caminar y desafiar a los carros. Provocar a tus padres, retarte a sembrar y cultivar amistades. Dar tus mejores energías por un premio, una profesión, un amor, una causa justa y necesaria que te haga feliz.

 

Aunque la gente te reconozca unas veces como carismático, invencible, arriesgado; y otras como rebelde, frágil, inexperto y hasta descarriado y loco.

Entonces una pregunta vaga intensamente en mí: ¿Hay vida y felicidad después de la juventud? Por supuesto que sí. Estas no terminan cuando comienzan los 30 o 40 años.

Contrario a muchas personas, considero que la felicidad no tiene horario de entrada ni de salida. Respeto las opiniones de quienes sienten que pesan más sus años que la manera de vivirlos, que ya no pueden soñar, cantar, reír, fracasar, levantarse, verse maravillosos, ser productivos y aferrarse a sus deseos de vivir mejor. Estas personas se desesperan y sienten vacíos, agujeros de vida y felicidad porque no confían en que estos dones divinos están en todo su ser, y que los llevarán a la plenitud cuando los compartan.

A ellos les cuento: tengo retos tan jóvenes como yo. En toda mi vida aparecerán y sé que tendré las fortalezas (valores) para superarlos. Porque mi corazón y mi mente estarán frescos, atentos, innovadores, desbordantes de gozo y picardía, ilusionados, vanguardistas y sin miedo a disfrutar cada respiración, a convertir mi relación con el tiempo en un núcleo interdependiente. Es decir, a ser joven.

Ser joven es un tesoro que nunca se agota mientras vivimos. Así que ¡ánimo, jóvenes! No lloremos ¡Riamos sin querer! La juventud se nos va si le decimos adiós y le preparamos las maletas para echarla de nuestra casa, ayudados por los engaños, lo verosímil del tiempo y el miedo a diseñar nuestra mayor herencia: la vida.


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